TomiRomero

TomiRomero en Baúl de Textos 26 de Setiembre de 2017

La Novena Rosa

El ruido de las copas chocando, las sillas arrastrándose, y el murmullo adornado de gritos ocasionales hacían que Francisco Secada, antiguo capitán corsario, se sintiera incómodo en su corta estadía en la bar, sentado junto a la barra. Era un tipo que apreciaba más el silencio, la tranquilidad, de esa manera podía pensar mejor. De hecho, no sabía por qué había decidido ir a un agujero como ése. Nunca fue su estilo, lo suyo siempre fue volver a casa y tomar un libro para leer tranquilamente. Pero en aquel infierno de borrachos era cosa imposible. 

En un intento de escapar de la realidad, cerró los ojos y recordó aquellos días en los que navegaba por mar abierto en busca de nuevos mundos, riquezas y aventuras. Casi pudo sentir en la cara la brisa de un día de verano y la salpicadura de una ola que golpea la proa de su barco, su antiguo orgullo, con 80 remos de largo y la inscripción que le daba nombre a semejante nave: “La Novena Rosa”. Sin embargo, la única salpicadura que pudo sentir en aquel momento fue la de un imbécil a su izquierda que apoyó un vaso con demasiada fuerza sobre la mesa, solo para llenarlo de ron, y traerlo de vuelta a la realidad, una que no olía a sal y a libertad, una que olía a tierra seca y ratas. Y, ¿cómo no olería a ratas? si ellas la poblaban.

El súbito arrebato de su recuerdo no solamente lo estremeció, le recordó que ya no estaba en el océano, ya no navegaba, y su Rosa, como a él le gustaba llamarla, se había marchitado hace ya mucho tiempo. La sangre le hirvió por un momento. No podía dejar que un cualquiera lo sacara de su más hermosa fantasía. Normalmente, se habría ido enojado, vociferando insultos. Pero en aquel momento estaba muy ebrio para ser tan cortés. Casi sin darse cuenta, asestó un puñetazo en la nuca del responsable, que cayó al suelo noqueado. Unos segundos de silencio quebraron por completo la energía del bar, y todos miraron lo que había sucedido.

Luego, estalló el caos en todo el recinto.

Las sillas y los vasos que antes formaban ruidos característicos, ahora volaban de lado a lado de la sala. Ninguna mesa quedó bien parada aquel día. Los murmullos se convirtieron en insultos, y los gritos en rugidos. Poca diferencia había entre amigo y enemigo. Aquello se convirtió, en un momento, en un espectáculo animal y salvaje, uno del cual Secada siempre se sintió aislado, excepto hoy. Él era el artífice de lo que pasaba. Contemplar su tan monstruosa creación de pasión y vidrios rotos lo maravilló y avergonzó al mismo tiempo. Lo llevaron a aquellas revueltas de tripulación, al intento de motín de su primero al mando, a los abordajes piratas que siempre lograba detener. Cerró los ojos un instante, estaba en el mar de nuevo. Hasta que los nudillos de un hombre lo devolvieron a la asquerosa realidad.

No era el que había golpeado antes, él seguía descansando sobre el suelo de madera. Fue otro, mucho más alto. Secada pensó que podía ser un familiar o un amigo del anterior tipo, o bien cualquier desconocido. Dada la naturaleza de la situación, nadie iba a buscar una excusa demasiado buena para empezar a golpear gente. De todas formas, no importaba, le dolía demasiado el puño seco que le lograron conectar mientras su mente viajaba como para ponerse a pensar quién era el que lo estaba golpeando. Solo una cosa importaba: dolía, y mucho.

El tipo que le había pegado lo tomó del cuello de la camisa, y lo levantó a su altura, mirando a Secada con ojos negros como el carbón y cejas igualmente negras que le adornaban el rostro de odio.

--Pensé que el puñetazo había sido doloroso --Dijo Secada--. Pero ahora veo que lo que realmente lastima es tu fea cara.

Al hombre se le congestionó el rostro, y estaba apretando el puño para asestar un golpe mortal a Secada. Hasta que el ruido de una escopeta disparándose acalló todos los gritos e inmovilizó a todos los hombres. Una silueta se acercó desde la derecha del bar. Secada se esforzó por mirar quién era, pero no podía ver por la cabeza del hombre que lo sostenía.

--No entiendo cómo es que tienes la cabeza tan grande --Se quejó--, tu madre debió haberse desgarrado cuando naciste.

Su comentario se escuchó por sobre el silencio, lo que generó una carcajada general y lo hizo recibir el golpe que quien lo sostenía había preparado para él. Ya en el suelo, mareado, no podía abrir los ojos. Sólo pudo sentir que el mismo hombre que lo había golpeado se volteaba para hablar con la persona que había entrado con la escopeta.

--¿Quién inició esta estúpida revuelta en MI bar? --Dijo Mary, dueña del bar, que ya había captado la atención de todos con su belleza. Pero aún más, con la amenaza de un arma cargada--. No seamos descorteses. Quiero que todo el mundo aquí deje este lugar como estaba antes de este juego tonto. No me gusta ser una persona agresiva --todos continuaban inmóviles--. ¿Qué están esperando? ¡Muévanse asquerosas ratas!.

Todos en el lugar empezaron a moverse en direcciones distintas, levantando mesas y sillas. Volviendo a poner las cortinas en su lugar. Algunos incluso tomaron escobas para barrer los restos de vidrio, tela y dientes que había en el suelo. Mary bajó la escopeta, y se acercó al hombre grande que había golpeado a Francisco.

--Este tipo inició todo, mi lady-- Dijo el hombre grande en un tono inglés

inesperado--. ¿Qué quieres que haga con él?

Secada recién ahora pudo reincorporarse para ver a las dos personas que lo rodeaban. Uno de ellos, un hombre tan grande y negro que parecía una estatua de Ébano. Y la otra, una mujer, increíblemente joven, casi una niña, de cabellos rojizos y mejillas levantadas. Le traía recuerdos. Todo le traía recuerdos.

--Sabes, pensé que era el único que se refería a la gente como “asquerosas ratas”-- Dijo Secada, mirando a la chica, que era ligeramente más alta que él.

--Tienes la boca muy grande para tu estatura --Le contestó Mary--. Y déjame decirte que en este lugar, la rata más asquerosa eres tú.

Secada seguía ebrio, y no midió la respuesta que saldría de su boca en ese momento.

--¿Rata asquerosa, yo? --levantó la voz, enojado. La sangre aún le hervía--. Soy Franciso Secada. Antiguo Corsario de la armada anglo-española. Deberías tenerme respeto, niña.

--¿Secada?-- El nombre le resonó en la cabeza a Mary, y su cara cambió completamente. Su expresión de enojo había desaparecido para pasar a ser un rostro de miedo, de confusión. Se sentía una niña de nuevo. Pero rápidamente se recompuso, y supo lo que tenía que hacer. --¿Estás seguro de que eres Francisco Secada?

--No estoy tan ebrio como para olvidar mi nombre. --Contestó en tono sarcástico.

--Sígueme. --La voz de Mary fue un latigazo. --Necesito hablar contigo, de algo muy importante.

Ficción

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  • MatiasTK MatiasTK 27 Set. 2017 13:21

    Muy buenaa! Me gusto mucho!! 😍👏🏽👏🏽